Amigos,
Este texto viene de La gravedad y la gracia (1947), una selección de fragmentos de sus cuadernos que hizo Gustave Thibon. No es un ensayo continuo. Son notas escritas para ella misma, y cada una se puede leer sola, en cualquier orden.
Su idea central es que la atención no es un esfuerzo de la voluntad. Apretar los puños no nos hace pensar mejor. Atender es mirar con paciencia, sin agarrar lo que miramos. Weil llega a decir que, en su grado más alto, la atención es oración.
Hace varios años encontré estas notas, por casualidad. Un amigo escribió un ensayo sobre Simone Weil y su manera de expresarse me llamó mucho la atención, y también la vida que le tocó: obrera, filósofa, mística, hija de médico. Fue lo bastante rigurosa para dedicarse a estudiar y, a la vez, una levedad particular para entender lo intangible.
Más allá de la autora, me quedo con el mensaje , la importancia de nuestra atención. Es y seguirá siendo la moneda de mayor valor para la humanidad, y lo que nos permite hacer frente a una cotidianidad donde cada vez se siente más su secuestro.
Me gustaría que mis amigos lo lean de vez en cuando.
ATENCIÓN Y VOLUNTAD
No necesitamos comprender cosas nuevas, sino que, a fuerza de paciencia, esfuerzo y método, debemos llegar a comprender con todo nuestro ser las verdades que ya son evidentes.
Etapas de la creencia.
La verdad más común, cuando inunda toda el alma, es como una revelación.
Debemos tratar de corregir nuestras faltas mediante la atención y no mediante la voluntad.
La voluntad solo controla algunos movimientos de unos pocos músculos, y estos movimientos están asociados a la idea del cambio de posición de objetos cercanos.
Puedo querer poner la mano plana sobre la mesa.
Si la pureza interior, la inspiración o la verdad del pensamiento estuvieran necesariamente asociadas con posturas de este tipo, podrían ser objeto de la voluntad.
Como no es así, solo podemos suplicarlas.
Suplicarlas es creer que tenemos un Padre en el cielo.
¿O deberíamos dejar de desearlas? ¿Qué podría ser peor?
La súplica interior es el único camino razonable, pues evita tensar músculos que nada tienen que ver con la cuestión.
¿Qué puede ser más absurdo que apretar los músculos o los dientes en torno a la virtud, la poesía o la solución de un problema?
La atención es algo completamente distinto.
El orgullo es una tensión de ese tipo. Hay una falta de gracia (podemos dar aquí a la palabra su doble sentido) en el hombre orgulloso. Es el resultado de un error.
La atención, llevada a su grado más alto, es lo mismo que la oración.
Presupone fe y amor.
La atención absolutamente pura es oración.
Si dirigimos nuestra mente hacia el bien, es inevitable que, poco a poco, toda el alma sea atraída hacia él, a pesar de sí misma.
La atención extrema es lo que constituye la facultad creadora en el hombre, y la única atención extrema es la religiosa.
La cantidad de genio creador en cualquier época está estrictamente en proporción con la cantidad de atención extrema —y, por tanto, de religión auténtica— de esa época.
La forma equivocada de buscar.
La atención fijada en un problema. Otro fenómeno provocado por el horror al vacío.
No queremos que nuestro esfuerzo haya sido en vano. El ardor de la persecución.
No debemos querer encontrar: como en el caso de una devoción excesiva, nos volvemos dependientes del objeto de nuestros esfuerzos.
Necesitamos una recompensa exterior, que a veces el azar proporciona y que estamos dispuestos a aceptar a costa de una deformación de la verdad.
Solo el esfuerzo sin deseo (no ligado a un objeto) contiene infaliblemente una recompensa.
Es necesario retroceder ante el objeto que perseguimos.
Solo un método indirecto es eficaz.
No hacemos nada si no hemos retrocedido primero.
Al tirar del racimo, todas las uvas caen al suelo.
Hay ciertos tipos de esfuerzo que destruyen su propio objetivo (por ejemplo: el carácter amargado de algunas mujeres piadosas, el falso ascetismo, ciertas formas de abnegación, etc.).
Otros son siempre útiles, incluso si no tienen éxito.
¿Cómo distinguir entre ellos?
Tal vez así: algunos esfuerzos siempre van acompañados de la (falsa) negación de nuestra miseria interior; otros, en cambio, mantienen la atención continuamente concentrada en la distancia que hay entre lo que somos y lo que amamos.
El amor es el maestro de dioses y hombres, pues nadie aprende sin desear aprender.
La verdad se busca no porque sea verdad, sino porque es buena.
La atención está ligada al deseo.
No a la voluntad, sino al deseo —o más exactamente, al consentimiento.
Liberamos energía dentro de nosotros, pero esta se vuelve a atar constantemente.
¿Cómo liberarla por completo?
Debemos desear que eso se realice en nosotros —desearlo de verdad— simplemente desearlo, no tratar de lograrlo.
Todo intento en esa dirección es vano y costoso.
En tal tarea, todo lo que llamo “yo” debe estar pasivo.
Solo se requiere la atención —esa atención tan llena que el “yo” desaparece.
Debo privar a todo lo que llamo “yo” de la luz de mi atención y dirigirla hacia aquello que no puede ser concebido.
La capacidad de rechazar un pensamiento de una vez por todas es la puerta a la eternidad.
El infinito en un instante.
Respecto a las tentaciones, debemos seguir el ejemplo de la mujer verdaderamente casta que, cuando el seductor le habla, no responde y finge no oírle.
Debemos ser indiferentes tanto al bien como al mal, pero, cuando lo somos —es decir, cuando proyectamos la luz de nuestra atención igualmente sobre ambos—, el bien prevalece.
Este fenómeno se produce automáticamente.
Ahí reside la gracia esencial.
Y es la definición, el criterio del bien.
Una inspiración divina opera infaliblemente, irresistiblemente, si no desviamos nuestra atención, si no la rechazamos.
No se trata de escogerla, basta con no negarse a reconocer que existe.
La atención dirigida con amor hacia Dios (o, en menor grado, hacia cualquier cosa verdaderamente bella) hace que ciertas acciones se vuelvan imposibles para nosotros.
Tal es la acción no-activa de la oración en el alma.
Hay comportamientos que velarían esa atención si los permitiésemos, y que, recíprocamente, esa atención hace impensables.
En cuanto poseemos un punto de eternidad en el alma, ya no tenemos nada más que hacer que cuidarlo, pues crecerá por sí mismo como una semilla.
Es necesario rodearlo con una guardia armada, en quietud, y nutrirlo con la contemplación de los números, de relaciones fijas y exactas.
Nutrir lo inmutable que hay en el alma mediante la contemplación de lo inmutable en el cuerpo.
Escribir es como dar a luz: no podemos evitar hacer el esfuerzo supremo.
Pero también actuamos de ese modo.
No tengo por qué temer no hacer el esfuerzo supremo —siempre que sea honesta conmigo misma y preste atención.
El poeta produce lo bello fijando su atención en algo real.
Lo mismo ocurre con el acto de amor.
Saber que este hombre que tiene hambre y sed existe tanto como yo —eso basta, lo demás sigue por sí solo.
Los valores auténticos y puros —la verdad, la belleza y el bien— en la actividad de un ser humano son el resultado de un solo y mismo acto: una cierta aplicación de la atención plena al objeto.
La enseñanza no debe tener otro fin que preparar, mediante el entrenamiento de la atención, la posibilidad de tal acto.
Todas las demás ventajas de la instrucción no tienen importancia.
Estudios y fe.
La oración no es más que atención en su forma pura, y los estudios son una forma de gimnasia de la atención: cada ejercicio escolar debería ser una refracción de la vida espiritual.
Debe haber método.
Cierta forma de redactar en latín, cierta manera de abordar un problema de geometría (y no cualquier forma) conforman un sistema de gimnasia de la atención destinado a hacerla más apta para la oración.
Método para comprender imágenes, símbolos, etc.
No tratar de interpretarlos, sino mirarlos hasta que la luz aparezca de pronto.
En general, un método para ejercitar la inteligencia consiste en mirar.
Aplicación de esta regla a la distinción entre lo real y lo ilusorio.
En nuestras percepciones sensoriales, si no estamos seguros de lo que vemos, cambiamos de posición mientras observamos, y lo real se vuelve evidente.
En la vida interior, el tiempo ocupa el lugar del espacio.
Con el tiempo nos transformamos, y si, mientras cambiamos, mantenemos la mirada dirigida al mismo objeto, al final las ilusiones se disipan y lo real se vuelve visible.
Siempre que la atención sea una mirada y no apego.
Cuando hay una lucha entre la voluntad apegada a alguna obligación y un mal deseo, se desgasta la energía asociada al bien.
Debemos soportar la mordedura del deseo pasivamente, como se soporta un dolor que nos revela nuestra miseria, y mantener la atención dirigida hacia el bien.
Entonces, la calidad de nuestra energía se eleva a un grado superior.
Debemos robarle energía a nuestros deseos quitándoles su orientación temporal.
Nuestros deseos son infinitos en sus pretensiones pero limitados por la energía de la que proceden.
Por eso, con la ayuda de la gracia, podemos dominarlos y finalmente destruirlos por desgaste.
En cuanto esto se ha comprendido claramente, ya los hemos vencido virtualmente, si mantenemos nuestra atención en contacto con esta verdad.
Video meliora...1
En tales estados, parece que pensamos en el bien, y en cierto sentido lo hacemos, pero no pensamos en su posibilidad.
Es incuestionable que el vacío que captamos con las tenazas de la contradicción proviene de lo alto, ya que lo captamos mejor cuanto más afinamos nuestras facultades naturales de inteligencia, voluntad y amor.
El vacío que viene de abajo es aquel en el que caemos cuando permitimos que nuestras facultades naturales se atrofien.
Experiencia de lo trascendente: esto parece contradictorio, y sin embargo, lo trascendente solo puede conocerse por contacto, ya que nuestras facultades no pueden impedirlo.
Soledad. ¿Dónde reside su valor?
Pues en la soledad estamos en presencia de mera materia (incluso el cielo, las estrellas, la luna, los árboles en flor), cosas de menor valor (quizá) que un espíritu humano.
Su valor reside en la mayor posibilidad de atención.
Si pudiéramos ser igual de atentos en presencia de un ser humano...
Solo podemos saber una cosa de Dios: que Él es lo que nosotros no somos.
Nuestra miseria es la única imagen de esto.
Cuanto más la contemplamos, más lo contemplamos a Él.
El pecado no es otra cosa que el fracaso en reconocer la miseria humana.
Es miseria inconsciente y, por ello mismo, miseria culpable.
La historia de Cristo es la prueba experimental de que la miseria humana es irreductible, que es tan grande en el hombre absolutamente sin pecado como en el pecador.
Pero en quien está sin pecado, esa miseria es iluminada.
El reconocimiento de la miseria humana es difícil para quien es rico y poderoso, porque está casi invenciblemente llevado a creer que es algo.
Y es igualmente difícil para el que está en la miseria, porque está casi invenciblemente llevado a creer que el hombre rico y poderoso es algo.
No es la falta en sí lo que constituye el pecado mortal, sino el grado de luz en el alma cuando la falta, sea cual sea, se comete.
La pureza es la capacidad de contemplar la impureza.
La pureza extrema puede contemplar tanto lo puro como lo impuro: la impureza no puede hacer ni lo uno ni lo otro; lo puro la asusta, lo impuro la absorbe.
Debe haber una mezcla.
(Esta traducción se hizo sin el uso de IA.)
Ovidio, Metamorfosis VII: video meliora proboque, deteriora sequor, “veo lo mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor”. Son las palabras de Medea.


